Cartel de Offline

A veces pienso que me gusta martirizarme a mí misma viendo películas que ya desde un primer momento sabes que no van a ofrecerte nada bueno, y aún así las acabo viendo simplemente por ver si me sorprenden.

En este caso sigo sin saber muy bien si Offline: La vida no es un videojuego me ha sorprendido para bien o para mal. Aunque admito que me ha entretenido, la historia es tan sumamente mala que incluso me sorprende que haya disfrutado y todo con esta historia.

Protagonistas de Offline

Análisis de Offline: La vida no es un videojuego

Offline: La vida no es un videojuego nos pone en la piel de Jan (Moritz Jahn), un gamer enganchado al juego de moda y que es terriblemente bueno en ello, lo que hará que llegue a un evento único donde sólo están los mejores.

El problema será cuando un misterioso enemigo le robe a su personaje y tenga que vivir una aventura en el mundo real para recuperarlo, descubriendo por el camino que la vida real puede ser mucho más interesante de lo que puede parecer.

Con esta premisa empieza una historia que peca de clichés, y lo hace hasta el extremo. El problema es que Offline: La vida no es un videojuego, atrae por la historia a personas que les gusta este tipo de tramas y que suelen jugar a videojuegos, pero en cambio con cómo está plasmado a veces parece un panfleto publicitario malo de cómo los videojuegos pueden absorberte en exceso.

Escena de la película Offline

A esto se le junta que el film intenta mezclar la historia en el mundo real con efectos que recuerden a videojuegos conocidos, sobre todo el World of Warcraft. Y, aunque esto en algunos puntos está bien llevado, en otros se exagera tanto que en serio te preguntas cómo alguien puede plasmar de una forma tan exageradamente ridícula a los jugadores de videojuegos habituales.

Por si esto fuera poco, no hay que olvidarse del doblaje en español. ¿Sabes esas películas alemanas de la televisión al mediodía? Pues, como buena película alemana que es, Offline: La vida no es un videojuego nos deleita con ese tipo de doblaje que instantáneamente incita a dormirte.

Y, sorprendentemente, a pesar de todo esto no se me ha hecho un film pesado. Claramente no volvería a perder una hora y media de mi vida en ver las aventuras de Jan y Karo (Mala Emde), pero por lo menos se me ha hecho ameno e incluso he disfrutado con ese final edulcorado y friki de la historia.

Sin duda Offline: La vida no es un videojuego sirve precisamente para eso: no pensar, pasar el rato o simplemente ponerte algo de fondo mientras trabajas. Como una película de siesta dominguera, vaya.

Eso sí, hay muchas historias sin pretensiones por ahí perdidas que seguramente merecen mucho más la pena que esta película. Aunque el film cumple el objetivo de entretener, por lo menos simplemente intentado buscarle un sentido a lo que estás viendo, estoy segura de que hay mejores formas de perder el tiempo.

Por lo demás, Offline: La vida no es un videojuego es una historia que pasa de largo, y que no sabes muy bien qué hacer con ella.

¿Hay alguna película que quieras recomendarme?

1/5
Imagen de Isabel Robleda
Isabel Robleda

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